Un sacrificio que no fue en vano

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Por: Yoni Cruz

Hubo un tiempo en que nuestros jóvenes soñaban con un mundo mejor, luchaban por la libertad, eran coherentes entre el discurso y su praxis. Su sangre noble abonó el árbol de la democracia, la limitada democracia que hoy podemos disfrutar. Esos muchachos enfrentaron con coraje espartano el poder del terror, del miedo y el crimen.

Un día como hoy, hace 47 años, un puñado de jóvenes, fusil en mano, enfrentó la muerte, frente a un enemigo con un gran poder de fuego y tecnología, pero lleno de miedo, que ante cada disparo desde la cueva, salía despavoridos, heridos o muertos. ¡Estos muchachos pusieron en jaque a los generales del miedo! Su muerte no fue una derrota. Ellos habían ofrendado ya su mayor tesoro. Estaban concientes de que ese podría ser el precio a su rebeldía, a su determinación de no aceptar la ignominia, de llevar sobre sus hombros el honor y la dignidad que le faltaba a mucho. Reconocer su valor y su integridad como revolucionarios, como hombres comprometidos, va más allá de simpatías políticas.

Se podrá o no estar de acuerdo con sus métodos y hasta con sus ideas, pero este país cada día comprueba que ellos, así como los Trinitarios de Duarte, de Sánchez y todos esos patricios que en su momento comprendieron que solo enfrentando la tiranía era posible construir una mejor república, digna, con futuro. ¡El sacrificio de los cuatro muchachos de la Autopista Las Américas, Amaury Germán Aristy (líder del grupo), Virgilio Perdomo, Bienvenido Leal Prandy (La Chuta), y Ulises Cerón Polanco no fue en vano!

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