La Persistencia de la Memoria.

Posted by

Luis F. Subero.

Cada vez que visito Ocoa, al entrar al pueblo, mi vista siempre se dirige a la izquierda de la calle, justo al lugar donde estudié en mi niñez: Colegio Nuestra Señora de la Altagracia. La estructura es una edificación de un solo piso, que se extiende a lo largo de Sur a Norte. En el centro, estaba la oficina donde funcionaba la Dirección y a ambos lados se extendían las aulas. Al Sur, donde está actualmente el hogar de ancianos había un sembradío que se extendía prácticamente alrededor de lo que era el patio del colegio.  En la parte de atrás del edificio, había una llave en la cual bebíamos agua que en ese entonces era más potable que la que venden hoy en botellones. Los baños estaban al final del patio en una edificación aparte, pintada de amarillo con dos puertas blancas, hembras y varones, respectivamente. Había una mata de almendras en el frente y otra de Jobo en la parte trasera.  También había abundantes plantas de cayenas.

En mi más reciente visita me impactó ver que en lugar de mi Colegio, hay ahora un solar. De la edificación en que aprendí  a leer y escribir, en que jugué con mis amigos de infancia, no quedaba ni rastro.  Y aunque me explicaron que se construirá un edificio más amplio y seguro, no me sirvió de consuelo ante la sensación de pérdida que me embargó. No me vayan a malinterpretar, no estoy en absoluto en contra del progreso y la evolución natural de las cosas.  Estas líneas que escribo son sólo un ejercicio contra la desmemoria, un exorcismo al olvido, un vano intento de restaurar viejas fotos teñidas de sepia por la pátina del tiempo.

Inevitablemente llegaron a mi mente los recuerdos de aquellos tiempos en que los muchachos del Barrio íbamos al colegio en la parte trasera de la camioneta de Darío Read, que todas las mañanas iba a llevar a su hermana Doña Zayda, que era la Directora del Colegio.  El grupo incluía a mi hermana Mercedes, Grace Read y sus hermanos, Martin y Josefinita Tejeda, Rafaelin y Junior Read, los hermanos Gilbert y Carlino  que vivían en la calle Colón, entre otros.

Allí, entre celebraciones  de cumpleaños, recreos, las visitas al Centro Padre Arturo a  comer marifinga y masolembo (nombres que identificaban un alimento cuyos ingredientes era difícil de identificar), la bruja que vivía en la cañada detrás del Centro (no vayan por ahí, muchachos del carajo!! Decía el viejo Ismael, una especie de Conserje, guardián, portero y abuelo para todos los chiquillos), pasábamos el tiempo mientras avanzábamos en la aventura del conocimiento de la mano de profesoras como Rosita Martínez y Dany  Ortiz.

Tantos recuerdos compartidos con mis compañeritos de curso, Nadia Ramírez, Saralina Pujols, Ketty Isa, Luis Emilio Báez (Nenito), Miguel Matos, Héctor Pedro Alcántara (Pepelo), Omar González, Juanita Reynoso,  Marela Tabán, José González, Angelina Cabral, Maripili Estrada, María Isabel Mancebo,  Janet, Gilbert, Raúl, Sandra, Tiaret,… y tantos otros.

Los  tiempos cambian y los pueblos avanzan. Lo lamentable es cuando se hace a costa de los recuerdos de uno.  Y así cada día voy perdiendo lugares que fueron referencia para mí y dependo cada vez más de mi mala memoria.  Y en el rompecabezas de mi niñez ya faltan varias piezas y el cuadro sigue desintegrándose y mis recuerdos, incompletos y fragmentados, no logran recomponerlo.

Salvador Dalí, el genio de Figueres, pintó un lienzo  al que llamó La Persistencia de la Memoria, en el que representa unos relojes derritiéndose en un paisaje agreste con un mar de fondo, representando el paso inexorable del tiempo, que termina reblandeciendo la memoria representada en  los relojes.  Sé que mi memoria terminará derritiéndose como los relojes de la obra de Dalí, por eso escribo, para cuando no exista ni rastro de los lugares que poblaron mi infancia y mis huesos sean polvo, quede algo, aunque sea una imagen retorcida y distorsionada,  como los relojes blandos,  de lo que fue una época en Ocoa.

Comments are closed.